jueves, 8 de septiembre de 2016

Sobre Gustavo Bueno con motivo de Aranguren.

¿Quién fue Aranguren?

Gustavo Bueno. El Mundo, 21 de abril de 1996.
Aranguren ha muerto. Me sumo al duelo de su familia y de sus amigos. Descanse en paz. Por mi parte nada más tendría que añadir. Pero no he podido encontrar razones para eludir la invitación de EL MUNDO a escribir sobre el particular. Considero un «deber cívico» dar mi opinión cuando me la piden, en circunstancias como la presente.
Conocí a Aranguren hace ya cincuenta años, con ocasión de la publicación de su primer libro, La filosofía de Eugenio d'Ors, en 1945, texto premiado el año anterior por la Junta Restauradora del Misterio de Elche (circunstancia que determinaba un gran distanciamiento entre el grupo de recién licenciados en filosofía que, al modo marrano, manteníamos en privado posiciones racionalistas y hasta «volterianas»).
Trabajaba yo entonces en mi tesis doctoral, como becario del Instituto Luis Vives de Filosofía del CSIC, de cuya Revista de Filosofía era director don Manuel Mindán Manero. Recuerdo que la secretaria María Jesús me pasó el recado de Mindán a la sala de becarios: me llamaba para presentarme a «alguien que había escrito un libro». Mindán, en su despacho, me presentó a un hombre de unos cuarenta años, vestido de oscuro, encogido, que casi no hablaba nada (se acercaba allí claramente como un hombre ajeno a las instituciones oficiales en solicitud de algo). Mindán me invitó en su presencia a escribir la reseña del libro recién publicado. Recuerdo que a la vuelta a la sala de becarios, al ojear el libro conjuntamente, se produjo un cierto regocijo por las cosas que decía sobre las teorías de d'Ors sobre su «ángel» y sus comparaciones con el «super-ego» de Freud. Años después, en pleno «reinado» del PSOE, el Luis Vives fue suprimido y renació bajo el nombre de Instituto de Filosofía, como plataforma, precisamente, de los socialdemócratas cristianos, algunos vergonzantes, ex monjas y ex jesuitas, que vienen pretendiendo ofrecer como símbolo de la democracia ética a la figura de Aranguren.
Hacia 1955 presencié los ejercicios de su oposición a la cátedra de Etica de Madrid: Aranguren representaba allí el símbolo del cristianismoaggiornato, la «acción católica» de las vanguardias dialogantes con Lutero que alzaban la bandera de Zubiri; oposiciones que se desarrollaron ante un público muy parecido al que describe Martín-Santos en Tiempo de silencio al hablar de los asistentes y asistentas a las conferencias de Ortega. Su rival, el dominico Todolí, representaba el cristianismo escolástico medieval. Desde mi punto de vista de entonces tan medieval era Aranguren como Todolí, sólo que Todolí sabía más.
En el transcurso de los años, y cuando Aranguren comenzó a ser conocido como un personaje público, yo no deje de reconocer sus virtudes cívicas (de hecho organicé en Oviedo, en 1965, la recaudación de fondos entre los compañeros para ayudar a los catedráticos destituidos, entre ellos Aranguren; colaboré en el «Homenaje» de 1970 y recibí cartas suyas de agradecimiento). Sin embargo el reconocimiento de sus virtudes públicas no fue bastante para hacerme rectificar mi juicio sobre la mediocridad de sus dotes intelectuales.
En los años ochenta participé en un jurado de los Premios Príncipe de Asturias. Propuse a Juan David García Bacca: muchos de los miembros del jurado, que no habían oído jamás tal nombre, me miraron asombrados confundiendo su ignorancia con una supuesta extravagancia mía. Aranguren era su candidato. Ante quienes no conocían a García Bacca y conocían de Aranguren sólo algunos artículos de El País, pude desmontar una tabla de valores que resistía la comparación con María Zambrano pero que era ofensiva ante la figura de García Bacca: terminamos dando el premio a Claudio Sánchez Albornoz. Más tarde, el año pasado, los Premios Príncipe de Asturias «saldaron» la deuda que tenían pendiente con Aranguren.
Es evidente que cada grupo social «elige» a sus sabios y a sus héroes. Pero al elegirlos se define a sí mismo, tanto o más que a la persona escogida como paradigma de sabio, de filósofo o de héroe. Quien dice «Aranguren nos enseñó a pensar» no está definiendo a Aranguren, sino a su propio y mediocre nivel de pensamiento. La presencia continua de Aranguren como modelo de «pensador», sobre todo en la televisión única, en los primeros años de la democracia, diciendo cosas sencillas que todo el mundo entendía, un sombreado trivial y neutro que ni siquiera hería por su ingenio a los que le contemplaban, alentaba a todos a sentirse también pensadores y filósofos. Y por tanto a rebajar la significación de la filosofía al nivel en que ahora se encuentra.
Los discípulos que proponen a Aranguren como paradigma, en su mayor parte exjesuitas, exmonjas y teólogos postconciliares, se corresponde en gran medida con el gremio de los profesores universitarios de ética, que se sirvieron de Aranguren para constituirse en «comunidad de filósofos morales» (cualquier lector alejado de estas cuestiones académicas puede apreciar la cursilería y ridiculez de semejante autodenominación).
Pero Aranguren no fue un sabio, ni menos aún un filósofo. Fue un profesor de filosofía que escribió para la universidad un manual de Etica (un manual escolástico, mucho más parecido al que hubiera escrito el padre Todolí de lo que sus discípulos creen), y para fuera de la universidad libros y artículos sobre el cristianismo (de interés para gentes postconciliares) y artículos de opinión sin doctrina firme como los que escriben tantas y tantas personas en los periódicos sin necesidad de recibir el título de sabio o de filósofo.
Aranguren ha fallecido en fechas que coinciden simbólicamente con el final socialdemócrata de la monarquía consensuada, la etapa que escogió a Aranguren como emblema de la sabiduría, de la ética y del heroísmo, definiendo así su propio nivel de sabiduría, de ética y de heroísmo. Estas líneas quieren ser una voz de alerta. Una voz que, sin perjuicio del reproche asegurado que ellas merecerán por parte del coro consensuado que ha procurado monopolizar los elogios fúnebres, sirva también para llamar la atención de otras muchas personas que forman parte de la gran mayoría de españoles que, al margen del coro, y acaso habiendo oído ahora el nombre de Aranguren por primera vez, se disponen a experimentar los efectos de los nuevos consensos autonómicos y europeos.

martes, 17 de mayo de 2016

LA PRIMERA MAESTRA ES LA NATURALEZA (F. Jalics)

El gran maestro de la contemplación es la naturaleza. Con ella comenzamos nuestro camino. Salgamos a la naturaleza y paseemos como de costumbre. Luego caminemos cada vez más lentamente y detengámonos. Observemos, por ejemplo, un árbol. Dejemos que el árbol actúe sobre nosotros. Es posible que de pronto nos preguntemos acerca de la edad del árbol. Es una pregunta que surge de la mente, de la razón. Con ella nos ubicamos en el plano mental; ya no estamos en la percepción pura. Si nos damos cuenta, volvamos a la percepción. Dejemos que el árbol siga actuando sobre nosotros. Puede ser que imperceptiblemente entremos a cuestionarnos la muerte de los bosques y el estado de este árbol. Otra vez estamos en el plano mental. Volvamos a la percepción.
Luego escuchamos un pájaro. No para saber dónde está o cómo se llama, sino para dejar actuar sobre nosotros su gorjeo.

Observamos un poco de tierra que hemos tomado en nuestras manos. Nos detenemos en la percepción. Cuando nos distraemos, volvemos a la percepción de la tierra. No debemos dejarnos seducir por la razón, porque es fácil que aparezca la pregunta desde cuándo no estamos atendiendo, por qué no estamos atendiendo y qué pensamiento nos está distrayendo. Todo esto no debe interesarnos. Es importante que nuestra atención siga fija en la percepción.

El hecho de que nos distraigamos no es grave. En cuanto nos damos cuenta volvemos atrás sin reflexionar sobre cuánto tiempo y por qué estuvimos distraídos.

Con la percepción aparece también una experiencia totalmente nueva: no necesitamos lograr nada. La presión por lograr eficacia, el tener que hacer algo trae consigo miedo y angustia. En la contemplación no necesitamos lograr nada. Estamos liberados de la presión de ser eficaces.
Nos mantenemos en contacto con la naturaleza. Podemos mirar el cielo azul, escuchar el murmullo de un arroyo, observar a las hormigas, admirar la belleza de una flor, sentir el viento en nuestra cara y dejar actuar sobre nosotros el movimiento de las nubes. Si escuchamos a lo lejos el ruido de un automóvil, también podemos percibirlo. Lo importante es no querer juzgar o cambiar nada, sino asimilar todo de la manera en que se nos manifiesta.

Podría ser que nos aburriéramos. El tedio es un sentimiento que podemos observar. ¿Cómo siento este aburrimiento? Esta pregunta puede llevar nuestra atención hacia el interior y a la percepción de nuestro tedio. Así estaremos nuevamente en la percepción. Después de un rato volvemos a la percepción de la naturaleza.

La actitud contemplativa nos conduce a una increíble calma. Todo lo que está presente puede estar presente. No necesitamos cambiar nada. Lo dejamos todo como está. Tampoco buscamos conocimientos ni observamos: contemplamos. ¿Dónde está la diferencia entre observar y contemplar? La contemplación es un acto desinteresado, la observación busca algo para sí mismo. Conocemos muy bien la diferencia. Nunca pediríamos a Dios que nos observara. Pero nos sentimos felices cuando nos contempla bondadosamente. En la vida eterna no vamos a observar a Dios, sino a vivir en su contemplación.


EJERCICIOS DE CONTEMPLACIÓN.     Franz Jalics.

EDICIONES SÍGUEME pg. 31

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Arcadi Espada sobre el tratamiento de "la violencia de género".

El sábado pasado se celebró en Madrid una absurda manifestación contra la violencia que llaman de género. Sería de esperar que pronto se celebraran otras contra el cáncer de próstata o el suicidio. Los crímenes de pareja forman parte de una obstinada violencia privada cuyas raíces son casi insondables. Como en todas las formas de violencia, el sexo masculino destaca en su papel de agresor, y como en todas las formas de violencia, la civilización va introduciendo lentas pero sustanciales rebajas. España es un país azotado por esa forma de crimen a niveles de tipo medio, lejanos de las altas cifras que alcanzan, por ejemplo, la mayoría de las sociedades nórdicas, caracterizadas desde hace tiempo por niveles mucho mayores de igualdad sexual.

Las manifestantes de Madrid pretenden hacer de esa violencia una causa política. Para que su objetivo tuviera algún sentido deberían demostrar, sin embargo, que esos crímenes son desatendidos por la instituciones. Por la política, por las leyes, por los jueces, por la policía e incluso por los medios. No parece que, salvo errores aislados, sea el caso de España. Y si no tuviera un lado repugnante, me gustaría comparar la atención institucional y social que reciben los crímenes de pareja respecto de los accidentes laborales o el suicidio.

La ausencia de una desatención institucional obliga a las manifestantes a elevar la abstracción de su protesta. Es lo que insinuó con palabra indigente y provocadora la alcaldesa Colau en la propia manifestación: "Si esto le pasara a los hombres...". Si esto le pasara a los hombres (que por cierto: les pasa, aunque sea en un grado menor) sucedería exactamente lo mismo. O quizá sucedería algo aún peor. Lo que sucede, por ejemplo, con el suicidio: donde los hombres mueren mucho más que las mujeres sin que hasta ahora consten, al menos en España, programas de atención sexualmente específica.

El crimen de pareja no es un crimen político que implique organizaciones y colectivos, ni es un crimen de sexos. Es un crimen de individuos, cuyo tratamiento y persecución ha de corresponder a sus características. La desvergonzada instrumentalización de estos crímenes que hacen las mujeres de izquierdas solo tiene como objetivo identificarlos con las prácticas o al menos con la ideología de los hombres de derechas. Es decir, y dicho con toda la brutalidad que merecen: su única intención real es la de hacer negocio con el crimen.

miércoles, 11 de junio de 2014

Contradicciones de la gente.

Texto de Arcadi Espada publicado en El Mundo el día 7 de Junio de 2014

Querido J:
Cuando el magistrado Enrique López llegó a la comisaría a primera hora de la mañana del domingo 1 de junio, después de que una patrulla le hubiera dado el alto por saltarse un semáforo y conducir sin casco y un control registrara que llevaba en la sangre cuatro veces más alcohol del permitido, tuvo repentina y velocísima conciencia, al modo de los muertos inminentes, de lo que había ocurrido con su vida. Y es así que con el desvalimiento propio de su circunstancia se acercó hasta la agente que instruía los preliminares del caso y le hizo ver, quizá una vez más, quién era, y hasta qué punto el conocimiento público de los hechos que acababa de protagonizar en el Paseo de la Castellana destruiría su carrera. Yo no estaba allí y mucho menos dentro de la agente de la autoridad, pero cuando ella le dijo: naturalmente, nadie tiene por qué enterarse de esto, un juicio rápido y se acabó, veo a la enfermera junto al enfermo terminal mientras desconecta y le dice todo va la mar de bien, señor. Sabido y leído al cabo de los días, cualquiera pensaría ahora que ninguno de los dos estaba cumpliendo entonces con su deber. ¡Cómo la policía iba a hacer otra cosa que dar cuenta pública de la detención de un juez por conducir borracho! ¡Cómo el propio juez podría reclamar que su fechoría quedara oculta! Los robespierres acentúan su implacable lógica con la ayuda del tiempo. En aquel instante, sin embargo, y como siempre que la vida va en directo, dominaban entre juez y policía el miedo y la piedad. Lo cierto, en cualquier caso, es que a las pocas horas todo Madrid, rompeolas de España, estaba en los detalles del caso del magistrado López, que se añadiría al día siguiente al deslumbrante y teatrero drama nacional de cada mañana laborable. La justicia borracha de España. Unas cuantas horas más y el magistrado hacía pública su decisión de dimitir del Tribunal Constitucional. Había llegado hace un año a la cumbre y le quedaban ocho.
Así fue cómo el magistrado López perdió el trabajo y la dignidad por beber demasiado durante una fiesta prolongada y conducir su moto muy de mañana por una gran avenida solitaria. Su dimisión se basó en la Ley Orgánica del TC, que incapacita para seguir en el cargo al condenado por cualquier delito, pero también por el artículo 22, que exige dignidad en el ejercicio del cargo. Muchas de las personas que mueren y/o causan muertes en accidentes de tráfico habían bebido demasiado alcohol o conducían bajo el efecto de las drogas. No todo el mundo está de acuerdo en que el Código Penal deba intervenir en el castigo de estas conductas, y que no baste con sanciones administrativas, aunque sean durísimas; pero no hay duda de que esas muertes son un argumento sólido a favor de la criminalización. Naturalmente también se le hubieran podido buscar muchas vueltas a la palabra dignidad y a lo que sea el ejercer el cargo a primera hora de un domingo, montado en moto por la Castellana de Madrid —y renunciando, por cierto, al coche oficial al que tiene derecho a cualquier hora, cualquier día. Pero ni él quiso someterse al desgaste ni sus compañeros le permitieron que sometiese a desgaste al Tribunal.
La cuestión interesante, sin embargo, en torno a este caso es cuánta gente perdería su trabajo (el magistrado López ha perdido su puesto en el TC, pero también tiene en un cierto riesgo su plaza en la Audiencia Nacional) por los hechos conocidos de la Castellana, que dada la afortunada ausencia de personas y vehículos no provocaron daño alguno a nada ni a nadie. Ni un banquero, ni un futbolista, ni un cantante, ni un piloto de aviación, ni un maestro perderían su trabajo. Y en algunas ocasiones casi sería un timbre de gloria: pienso en el periodismo, claro está. Solo se me ocurre otra profesión donde el castigo estaría a la altura, y es la de político. No me parece mal la dureza. Los políticos hacen las leyes y los jueces las aplican. Hay una cierta diferencia moral entre ellos y el resto de los ciudadanos. Un ciudadano puede arriesgarse al desacatamiento en razón de su moral privada: más díficil es en el caso de los jueces e imposible en el de los políticos. De esta circunstancia se deriva, supongo, el asunto de la ejemplaridad: políticos y jueces deben dar ejemplo, como por cierto debe darlo el Rey, que no otro es el retorcido, pero real sentido de su inmunidad. Este dar ejemplo, sin embargo, es doblemente difuso. El contenido de la dignidad, más allá de la ley, es dinámico y sujeto también al temible gusto del público. Para entenderlo pueden examinarse distintas posibilidades de la dignidad de un juez del Constitucional. Un juez comprando sexo. Un juez dándole una bofetada a su hijo en la puerta del colegio. Un juez haciendo rudos chistes de catalanes. Un juez fumando marihuana en un coffee shop de Leganés. Mi compañera María Peral me cuenta que el juez Marlaska y la juez Bach están redactando un código ético del oficio de juez, similar al que opera en otros países del mundo. Me agradará ver los supuestos. La dignidad del juez, como la del político, se encarna en un rasgo característico: la desaparición de la vida privada. O mejor su redefinición: la vida privada ya solo es aquello de lo que no se conoce testimonio. No hay más frontera.
Así pues, Enrique López (como sus asimilados) no es un hombre como los demás. Es un hombre que ha pagado con su carrera una noche de copas, una noche loca, manché tu imagen, me perdí yo sola. En esta hora patibularia en que todo el pueblo se levanta y le señala y le berrea ¡no es un hombre como los demás! hay que recordar cuántas veces, en la hora de los privilegios, en el sueldo, en sus dietas, en los coches, en sus guardaespaldas, en la business class de la vida, ese mismo animalito ilógico y cerril se levantó y le señaló exasperado, a él, a cualquiera como él, ¡es un hombre como todos los demás!
Sigue con salud
A.

Texto de Arcadi Espada publicado en El Mundo el día 7 de Junio de 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

Espada sobre Pablo Iglesias

PROCEDIMIENTO. By Arcadi Espada.
DURANTE las pocas semanas que el muchacho Jesús Cintora fue capaz de soportarlo pude discutir en un programa llamado Las mañanas de Cuatro con el hoy diputado europeo, Pablo Iglesias. La impresión fue formidable. La cabeza de Iglesias funcionaba adherida a la estructura general de esta tertulia sin precio. Las cosas funcionaban más o menos así. El muchacho Cintora, prologado en risitas, daba a conocer, por ejemplo, unos números económicos del Gobierno, modestamente positivos, referidos al paro, al déficit o a la prima de riesgo. Una vez volcados los números se iniciaba el contraataque, porque el muchacho Cintora tenía el prurito de la verdad, eso creía y decía, y lo que es peor, sinceramente. Lo interesante es que el contraataque nunca consistía en la exposición de otros números que contradijeran o matizaran los gubernamentales. El contraataque consistía en una exhibición sentimental, que a veces devenía pura pornografía, de cualquier miseria: una familia que no podía pagar el recibo de la luz, un hombre en paro permanente, una enferma terminal, cualquier desgracia visible en cualquier país, en cualquier época de prosperidad o crisis. Es clave entender que la estrategia funcionaba alrededor de un eje que pudiéramos llamar cifras/vida, donde vida era verdad ¡y cifras eran mentira! Es decir, a los números no se le oponían números sino carne viva; a la abstracción de los números se le oponía la pornografía, que es una euforización de lo concreto. Y huelga decir que a la carne desollada pero aún palpitante no se le oponía jamás unas filminas que mostraran en el mismo registro emocional de la derrota el éxito o el simple buen pasar convencional de cualquier familia española.
Así estaba organizada la discusión en aquel programa sulfurado, así está organizada, repito e insisto, la cabeza del nuevo diputado y así, naturalmente, se organiza la demagogia en el plató mediático de la política. Y es de esa inteligencia y de esa moralidad de la que ha de partir, oh, la regeneración de España.
Iglesias es diputado gracias a la información basura y nadie puede esperar que su política reniegue de lo que le dio el ser. La pregunta es cuánto tiempo va a aguantar la democracia española esta zafia contradicción de distribuir el tiempo dedicado a cada partido en la información electoral en razón de su fuerza parlamentaria, mientras en las tertulias, allí donde la opinión cristaliza, algunos candidatos (no solo Iglesias) exhalan su ínfima demagogia sin límite de tiempo ni delirio.


Publicado por El Mundo el día 26-5-14

viernes, 29 de marzo de 2013

Populismo. Por Enric González.



La historia certifica que las élites europeas, cultas y razonables, padecen una periódica tendencia al suicidio. O quizá al accidente mortal. No hace falta recordar en qué consistió la primera mitad del siglo XX. Pero eso, se dice, pertenece al pasado. Ya no hay otra ideología que la neoliberal y abundan los entretenimientos. Pese a los recortes, el estado del bienestar sigue ofreciendo amortiguadores frente a la tensión social. No existe, se dice, riesgo de catástrofe. Los optimistas esgrimen dos argumentos fundamentales: no hay alternativas y no podemos ser tan tontos como para arrojarnos colectivamente por el precipicio.

Puede ser. Pero el populismo, incluso en su versión mejor intencionada, asoma el hocico. No necesita una ideología. Italia es desde Maquiavelo el gran laboratorio político europeo: inventó el fascismo, inventó la democracia cristiana, inventó con Berlusconi el populismo televisivo y nos ofrece ahora, de la mano del cómico Beppe Grillo, el populismo en red. El Movimiento Cinco Estrellas, lleno de gente voluntariosa que cree encarnar los sentimientos democráticos más puros, no necesita ideología. Le basta con oponerse al politiqueo estéril, a la corrupción, a la decadencia de las élites. Por simplificar, le basta con el odio a lo existente. Y es difícil no comprender a toda esa gente que grita «¡basta!»

Por el momento es sólo un ensayo más o menos simpático. ¿Qué pasaría si el fenómeno se multiplicara? No hay argumentos políticos que oponer al nuevo populismo. En la Unión Europea, la política se ha reducido a una sucesión de elecciones en la Baja Sajonia o el Palatinado, o incluso en el conjunto de Alemania, que los conservadores de Angela Merkel deben ganar a toda costa. Eso es lo único esencial.

Por lo demás, el juego consiste en columnas de debe y haber, en negociaciones entre deudores y acreedores, en imposiciones procedentes de organismos que sólo se representan a sí mismos y que defienden la sacralidad del capital.

La recesión eterna a la que han sido condenados los países periféricos (una pequeña pero influyente empresa de valoración, Russell Indexes, ya ha dejado de considerar a Grecia como «país desarrollado» y la califica de «país emergente») es una recesión parcial. Sólo afecta a las clases trabajadoras en su sentido más amplio, las que padecen los impuestos sobre el salario y el consumo, las que sufragan el cada vez más achacoso Estado-nación. El gran capital sobrevuela esas pequeñeces, disfruta de la globalización y acumula cada vez más patrimonio. En los años 30 surgieron regímenes que básicamente se oponían a eso que llamaban «cosmopolitismo» y acabaron destrozando Europa. Es muy fácil construir algo parecido a una ideología a partir del odio, del resentimiento y del hartazgo.

Pero eso, dicen, no puede volver a ocurrir.

ENRIC GONZÁLEZ En El Mundo 21 del 3 del 2013





miércoles, 12 de septiembre de 2012

Cambio de hora, devaluación, empobrecimiento.


Paul Krugman analiza en su último libro,"¡Acabad ya con esta crisis!", la profunda depresión que atraviesa el mundo desarrollado. Este fragmento está sacado del primer capítulo que publicó El País aquí. 




Situémonos ante el siguiente ejemplo, nada hipotético: España ha vivido buena parte de laúltima década fortalecida por un gigantesco auge inmobiliario, financiado por grandes entradas de capital proveniente de Alemania. Este auge ha alimentado la inflación y ha hecho subir los sueldos españoles en relación con los de Alemania. Pero, al final, resulta que el auge estaba hinchado por una burbuja que ahora ha estallado. Ahora, España tiene que reorientar su economía, dejando a un lado la construcción y volviendo otra vez a la industria. En este punto, sin embargo, la industria española no es competitiva, porque los sueldos españoles son demasiado altos comparados con los alemanes. ¿Cómo puede recuperar España su competitividad? Una forma sería convencer a los trabajadores españoles de que acepten sueldos inferiores(o exigirles que lo hagan). Es la única vía real de la que disponer si España y Alemania comparten moneda, o si, como consecuencia de una directriz política no modificable, la moneda española se ha fijado frente a la moneda alemana. Pero si España tiene su propia moneda, y está dispuesta a dejarla caer, para conservar sus sueldos le basta con devaluar la moneda. Si pasamos de 80 pesetas por marco alemán a 100 pesetas por marco, aunque los sueldos españoles en pesetas no cambien, habremos reducido de golpe los sueldos españoles un 20% en relación con los alemanes

¿Por qué tiene que ser más fácil así que si negociamos una bajada de sueldos? La mejor explicación la ofrece Milton Friedman —ni más ni menos—, quien defendió los tipos decambio flexibles en un artículo clásico de 1953 (The case for flexible exchange rates, en Essays in Positive Economics).

Decía Friedman:
La defensa de los tipos de cambio flexibles es, por curioso que parezca, casi idéntica a la del cambio de hora en verano. ¿No resulta absurdo cambiar el reloj en verano cuando se podría conseguir exactamente lo mismo si cada persona cambiase sus costumbres? Lo único que se precisa es que cada persona decida llegar a la oficina una hora antes, comer una hora antes, etc. Pero, obviamente, es mucho más sencillo cambiar el reloj que guía a todas estas personas, en lugar de pretender que cada individuo por separado cambie sus costumbres de reacción ante el reloj, por más que todos quieran hacerlo. La situación es exactamente igual a la del mercado de divisas. Es mucho más simple permitir que un precio cambie —el precio de una divisa extranjera— que confiar en que se modifique una multitud de precios que constituyen, todos juntos, la estructura interna del precio.
Sin duda, Friedman está en lo cierto. Los trabajadores siempre se muestran reticentes a aceptar recortes en sus salarios, pero sobre todo se niegan si no están seguros de que otros trabajadores vayan a aceptar otros recortes similares y que el coste de la vida vaya a rebajarse igual que bajan los costes laborales. No conozco ningún país cuyas instituciones y mercado laboral le faciliten responder a la situación que acabo de describir para España por la vía del recorte salarial generalizado. Pero los países sí pueden sufrir, y de hecho sufren, importantes disminuciones de sus sueldos relativos de forma más o menos repentina, por la vía de la devaluación de la moneda; y lo hacen con trastornos relativamente menores. Por lo tanto, fijar una moneda única implica ciertos sacrificios. De un lado, compartir moneda aumenta los rendimientos: disminuyen los costes empresariales y, es de suponer,  mejora la planificación de los negocios. Del otro, se pierde flexibilidad, lo cual puede acarrear serios problemas si llegan a producirse choques asimétricos como el hundimiento de un boom inmobiliario cuando tiene lugar solo en algunos países, no en todos.

Es difícil cuantificar el valor de la flexibilidad económica. Y es aún más difícil cuantificar los beneficios obtenidos por compartir moneda. Disponemos, no obstante, de abundantes estudios económicos sobre los criterios para determinar una zona monetaria óptima, un ecnicismo feo, pero útil, para aludir a un grupo de países que se beneficiarían de una fusión de sus monedas. ¿Qué dicen esos textos? En primer lugar, no tiene sentido que unos países compartan moneda de no ser que entre ellos exista un gran comercio. En la década de 1990, Argentina fijó el valor del peso en 1dólar estadounidense, en teoría de forma permanente, lo cual, aunque no significaba lo mismo que abandonar su moneda, se pretendía que fuese lo más parecido. Sin embargo, resultó ser una operación abocada al fracaso que terminó en devaluación e impago. Y una de las razones por las que estaba condenada al fracaso era que Argentina no mantenía un vínculo económico tan estrecho con EE UU, que solo supone el 11% de sus importaciones y el 5% de las exportaciones. Así, por una parte, cualesquiera que fuesen los beneficios obtenidos al otorgar seguridad empresarial en lo tocante al tipo de cambio dólar-peso, estos quedaron en poco porque Argentina comerciaba escasamente con EE UU. Por otra parte, Argentina estaba sometida al mismo tiempo a las fluctuaciones de otras monedas, en especial a las grandes caídas frente al dólar tanto del euro como del real brasileño, lo que implicaba precios excesivos para las exportaciones argentinas.

El que quiera leer todo el artículo tiene que ir a El País. 
Está aquí. 

Esta entrada fue elaborada con el fin de ser citada en este post del blog PATATITASPOCHAS