martes, 11 de marzo de 2008
Carta a Patxi López
No necesitaré hacer muchos esfuerzos para que creas en el dolorido estupor en que me sumió el asesinato de Isaías. Es siempre lo mismo. La materialización del crimen es siempre brutal y sus efectos nos pillan siempre de nuevas, por mucho que fueran previsibles. Así me sorprendió: junto al rechazo de su bárbaro asesinato, un sentimiento de piedad por él en sus últimos momentos, por su familia, por sus compañeros de partido. Y por todos nosotros. Antes, bastante antes de que tú desempeñaras cualquier responsabilidad en el partido de los socialistas vascos, yo ya había llegado a hacer mía una máxima que aún mantengo: todas las víctimas son nuestras y todos los verdugos son ajenos. Algunos siglos antes había llegado a la misma conclusión el poeta John Donne:
"La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque formo parte de la humanidad. Por eso, no preguntes nunca por quién doblan las campanas. Doblan por ti."
Por eso me resulta inasumible que tu hostilidad expulsara del duelo al jefe de la oposición.He leído atentamente tu blog para conocer tu versión de los hechos. Acepto el meollo del asunto, según tus propias palabras-
Cuando entró y me dio el pésame, le dije textualmente: “Acepto el pésame, pero espero que nadie más de tu partido diga de ni un solo socialista que agredimos o traicionamos a las víctimas o que cedemos ante el terrorismo.
”Detengámonos un momento en el texto. Luego iremos al contexto. No entiendo por qué niegas a los militantes del PP lo que no te queda más remedio que aceptar de víctimas del terrorismo muy concretas: Mapi de las Heras, viuda de tu compañero Fernando Múgica Herzog, asesinado por ETA el 6 de febrero de 1996 y Pilar Ruiz Albisu, madre de tu compañero de partido Joxeba Pagazaurtundua Ruiz, asesinado mientras desayunaba en el bar Daytona de Hernani, el 8 de febrero de 2003.
Recordarás que el 6 de julio de 2006 te reuniste con Arnaldo Otegi, Joseba Permach y Olatz Dañobeitia en un hotel de San Sebastián. Lo habías anunciado con nocturnidad unos días antes, justo después de que Rajoy renunciara a hacer eso que siempre le reprocháis: el uso político del terrorismo en el debate sobre el estado de la Nación. El jefe de la oposición dedicó un minuto a habla del tema y cuando ya no tenía posibilidad de volver al uso de la palabra, tú anunciaste en Radio Euskadi que te ibas a reunir con Batasuna. Para no hacer interminable este post no copio la media docena larga de veces que tú habías dicho que no te reunirías jamás con Batasuna si antes no se legalizaban, pero las tengo a tu disposición por si te flaquea la memoria.
Pues bien, aquel día, Mapi de las Heras dijo: «Siento indignación absoluta, total. Patxi López nos ha vendido y nos ha traicionado».
Todos recordamos las imágenes de Pilar Ruiz desolada, la misma Pilar Ruiz que en febrero de 2005 te había escrito:
“Harás y dirás más cosas que me helarán la sangre, llamando a las cosas por los nombres que no son.”Verás. Tu esperpéntica actuación del viernes no es sólo una agresión a un político del bando democrático. Es una falta de respeto con el cadáver de tu compañero. ¿Recuerdas cómo increparon al presidente del Gobierno algunos asistentes a los funerales por los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en la Academia de Valdemoro? Fue una falta de respeto, no ya hacia el presidente, que también, sino hacia aquellos dos jóvenes guardias asesinados en Capbretón. Imagínate ahora que la ofensa no viniera de unos individuos confundidos en una masa humana, sino de algún dirigente político de la oposición. Un remero de este blog, Winstanley, resumía ayer muy acertadamente su perplejidad, que también es la mía:
“La ironía no captada por el propio Patxi López consiste en haber utilizado un acto terrorista -la muerte de un ciudadano afiliado al Psoe- para acusar al rival político ahí presente de utilizar el terrorismo con fines políticos.”
Pasemos brevemente al contexto. En este blog, hemos podido conocer de tres fuentes distintas de la oposición los siguientes hechos, no aclarados en tu blog y sobre los que quisiéramos tu versión para poder contrastar:Que en conversación telefónica con Leopoldo Barreda, sobre las 10:30 de la noche del viernes, y ante el interés de éste por visitar la capilla ardiente, Rodolfo Ares dijo que la familia no quería ver a nadie.
Que unos minutos más tarde, volvió a llamar Ares a Barreda para decirle que había hablado con la familia y que ésta accedía a que hicieran la visita al día siguiente.
Que los dirigentes del PP, que estaban esperando en un hotel de Bergara, se disponían a marcharse cuando les llamó su compañero Carmelo Barrio sobre las 11 para decirles que se había encontrado contigo en el Ayuntamiento de Mondragón y que tú habías dicho que podían ir.Que los del PP decidieron que fueran a la capilla ardiente sólo Mariano Rajoy y María San Gil y que cuando estaban subiendo las escaleras fueron increpados por Miguel Buen Lacambra.
Que una vez en el salón donde se velaba el cadáver del infortunado Isaías, cuando el presidente del PP te dio el pésame, tú (seguramente mirándole a los ojos) le afeaste las opiniones que sobre vuestra actuación comparte con Pilar y Mapi, y que lo hiciste en un tono de voz alto, para que te oyeran (y te aplaudieran) todos los militantes socialistas presentes en el salón municipal.
Que Rajoy permaneció en silencio y San Gil te dijo que eras injusto.
Que después tú te marchaste y cuando Rajoy intentó acercarse al féretro para guardar el preceptivo recogimiento ante el cadáver de la víctima o rezar, si es que es creyente, se le acercó el portavoz del grupo municipal socialista en Mondragón para decirle: “No te acerques al féretro”.
Que entonces Rajoy se marchó y que inmediatamente detrás de él salió vuestra jefa de Prensa, Alma. (Éste es el único punto en el que no he encontrado unanimidad en las fuentes. Una de ellas dijo que el portavoz del incidente fue el jefe de Prensa de Pepe Blanco).
Que leyó a los periodistas tus declaraciones, consultando un papel en el que las llevaba escritas.
Fijémonos ahora en vuestro relato. ¿Es posible que la familia dijera no querer ver al PP, para, acto seguido, aceptar que vayan, sólo con el fin de que "no hubiera interpretaciones perversas" y poner la condición de que no se acercaran al féretro ni se dirigieran a ellos? Si pusieron tal condición, ¿no habría sido más lógico que advirtieseis al PP de cómo estaba el tema? ¿Qué tiene que ver con todo esto ni con la familia vuestra decisión de darle publicidad a la humillación públca del jefe de la oposición?
No me preguntes a quién quiero creer, si a un mentiroso pepero o a un veraz socialista. Prefiero creer a quien diga la verdad y esta versión me parece consistente. Preferiría que fueran una serie de malentendidos y que fue un calentón tuyo y que ningún periodista pudo ver a tu jefa de prensa en tal actividad, porque tratándose de un arrebato, cómo iba a darlo a conocer, para explicar tan mal ambiente junto al féretro de la última víctima mortal del terrorismo.No es la primera vez que pasa algo de esto, pero sí es nuevo que le deis publicidad. ¿Recuerdas que Arzalluz calificó a Fernando Buesa como "parte del paisaje" después de que fuera asesinado? Él fue a la capilla ardiente de Fernando. Pasó sin decir una palabra frente a la familia y a los dirigentes socialistas presentes en el velatorio, estuvo unos momentos frente al féretro y volvió a pasar sin dirigiros una mirada. Cuando estaba a punto de salir, José Antonio Rubalkaba le dijo: "ven a saludar a Jon Buesa" y volvió a pasar dos veces ante vosotros para dar un abrazo al único Buesa nacionalista. Nadie le dijo nada. Nadie corrió a contar nada a la prensa.
Ten salud, Patxi. No os deseo ni un solo voto menos de los que habríais obtenido antes de que ETA decidiera intervenir en esta campaña con el asesinato de Isaías. A él sólo cabe desearle que la tierra le sea leve y que su nombre no se borre jamás de nuestra memoria. Amén.
Articulo de Santiago Gonzalez en El Mundo. Del blog de Santiago Gonzalez.
sábado, 19 de enero de 2008
UN POEMA DE RICARDO MOLINA
En las tardes de mayo cuando el aire brillaba
con un azul radiante y en las olas del musgo
se mecía la blanca flor de la sanguinaria,
te amaba casi más que a nadie en este mundo.
Por tus ojos tan graves del color de la hierba,
por tus cabellos negros y tus hombros desnudos,
por tus labios suaves un poco temblorosos,
te amaba casi más que a nadie en este mundo.
Aunque no te lo dije tú acaso lo sabías,
por eso una mañana en el bosque de pinos
me saliste al encuentro a través de la niebla
y de las verdes jaras cubiertas de rocío.
Era yo entonces estudiante, todos los días
a las nueve tenía clase en el Instituto,
pero aquella mañana me fui solo a la Sierra
y me encontré contigo en el gran bosque húmedo.
Mis amigos me daban consejos excelentes
y me hablaban de ti sin velar sus escrúpulos,
y yo les respondía: «Odio vuestra prudencia»,
pues casi más que a nadie te amaba en este mundo.
Mis padres me reñían a la hora del almuerzo.
Me decían que iba a perder todo el curso,
pero yo soportaba sus riñas en silencio
y ellos seguían hablando, amargos, del futuro.
Yo me decía mientras: «¿Qué importan los amigos,
qué importa el porvenir, los padres, los estudios,
si las tardes de mayo son tan claras y bellas
y te amo, amor mío, más que a nadie en el mundo?
¿Qué importan estas cosas si me estás esperando
en el vasto pinar, al borde del camino,
y tus ojos son verdes como las hojas verdes
y tu aliento fragante lo mismo que el tomillo?
¿Qué importan las palabras si tus labios son rojos
como la roja adelfa y la flor del granado
y sólo hablan de amor, de risas y de besos
y mi alma es el aire que respiran tus labios?
¿Qué consejo podría distraer al Amor
de los tiernos deseos que en su pecho suspiran,
si el Amor es lo mismo que un zagalillo ebrio
coronado de pámpanos en mitad de las viñas?»
-Así te hablaba entonces mi corazón,
¿te gustantodavía sus palabras?
Así te amaba entonces mi corazón,
¿recuerdastodavía su amor?
Y una de aquellas tardes te dije que algún día
escribiría en mi casa solitario
esta Elegía triste y bella como el recuerdo
y tú me interrumpiste besándome los labios.
No creíste, ah, nunca creíste que pudiera
acabar el amor de aquella primavera,
pero la vida es siempre más larga que el amor
y si la dicha es bella como una flor de mayo,
como una flor de mayo breve es también su flor.
Ricardo Molina.
lunes, 14 de enero de 2008
POEMAS DE ÁNGEL GONZALEZ
Son pocos.
La primavera está muy prestigiada, pero
es mejor el verano.Y también esas grietas que el otoño
forma al interceder con los domingos
en algunas ciudades
ya de por sí amarillas como plátanos.
El invierno elimina muchos sitios:
quicios de puertas orientadas al norte,
orillas de los ríos,
bancos públicos.
Los contrafuertes exteriores
de las viejas iglesias
dejan a veces huecos
utilizables aunque caiga nieve.
Pero desengañémonos: las bajas
temperaturas y los vientos húmedos
lo dificultan todo.
Las ordenanzas, además,
proscriben la caricia ( con exenciones
para determinadas zonas epidérmicas
-sin interés alguno-
en niños, perros y otros animales)
y el «no tocar, peligro de ignominia»
puede leerse en miles de miradas.
¿Adónde huir, entonces?
Por todas partes ojos bizcos,
córneas torturadas,
implacables pupilas,
retinas reticentes,
vigilan, desconfían, amenazan.
Queda quizá el recurso de andar solo,
de vaciar el alma de ternura
y llenarla de hastío e indiferencia,
en este tiempo hostil, propicio al odio.
.....................
"¿Cómo seré yo
cuando no sea yo?
cuando el tiempo
haya modificado mi estructura,
y mi cuerpo sea otro,
otra mi sangre,
otros mis ojos y otros mis cabellos.
pensaré en tí, tal vez.
seguramente, mis sucesivos cuerpos
-prolongándome, vivo, hacia la muerte-
se pasarán de mano en mano,
de corazón a corazón,de carne a carne,
el elemento misterioso
que determina mi tristeza
cuando te vas,
que me impulsa a buscarte ciegamente,
que me lleva a tu lado
sin remedio:
lo que la gente llama amor, en suma.
y los ojos
-qué importa que no sean estos ojos-
te seguirán a donde vayas, fieles."
..........................
MERIENDO ALGUNAS TARDES.
Meriendo algunas tardes:
no todas tienen pulpa comestible.
Si estoy junto a la mar
muerdo primero los acantilados,
luego las nubes cárdenas y el cielo
-escupo las gaviotas-,
y para postre dejo las bañistas
jugando a la pelota y despeinadas.
Si estoy en la ciudad
meriendo tarde a secas:
mastico lentamente los minutos
-tras haberles quitado las espinas-
y cuando se me acaban
me voy rumiando las sombras,
rememorando el tiempo devorado
con un acre sabor a nada en la garganta
....................
JARDÍN PÚBLICO CON PIERNAS PARTICULARES
....y las muchachas andaban con las piernas desnudas:
¿por qué las utilizan
para andar?
Mentalmente repaso
oficios convincentespara ellas
-las piernas-digamos: situaciones
más útiles al hombre
que las miradespacio,
silbando entre dientes
una canción recuperada
apenas-ese oficio no me gusta-en el acantilado del olvido.
Si bien se mira, bien se ve que todas
son bellas: las que pasan
llevando hacia otro sitio
cabellos, voces, senos
ojos, gestos, sonrisas;
las que permanecen
cruzadas,
dobladas como ramos bajo el peso
de la belleza cálida, caída
desde el dulce abandono de los cuerpos sentados;
las esbeltas y largas;
las tersas y bruñidas, las cubiertas
de leve bello, tocadas por la gracia
de la luz, color miel, comestibles
y apetitosas como frutas frescas,
y también-sobre todo-aquellas que demoran
su pesado trayecto hasta el tobillo
en el curvo perfil que delimita
las pueriles, alegres, inocentes,
irreflexivas, blancas pantorrillas.
Pensándolo mejor, duele mirarlas;
tanta gracia dispersa, inaccesible,
abandonada entre la primavera,
abruma el corazón del conmovido
espectador
que siente la humillante quemadura
de la renuncia,
y maldice en voz baja,
y se apoya en la verja del estanque,
y mira el agua,
y ve su propio rostro,
y escupe distraído, mientras sigue
con los ojos los círculos
que trazan en la tersa superficie
su soledad, su miedo, su saliva.
domingo, 23 de diciembre de 2007
JULIÁN MARÍAS SOBRE EL ABORTO.
JULIÁN MARÍAS
LA espinosa cuestión del aborto voluntario se puede plantear de maneras muy diversas. Entre los que consideren la inconveniencia o ilicitud del aborto, el planteamiento más frecuente es el religioso. Pero se suele responder que no se puede imponer a una sociedad entera una moral «particular». Hay otro planteamiento que pretende tener validez universal, y es el científico. Las razones biológicas, concretamente genéticas, se consideran demostrables, concluyentes para cualquiera. Pero sus pruebas no son accesibles a la inmensa mayoría de los hombres y mujeres, que las admiten «por fe»; se entiende, por fe en la ciencia.
Creo que hace falta un planteamiento elemental, accesible a cualquiera, independiente de conocimientos científicos o teológicos, que pocos poseen, de una cuestión tan importante, que afecta a millones de personas y a la posibilidad de vida de millones de niños que nacerán o dejarán de nacer.
Esta visión ha de fundarse en la distinción entre «cosa» y «persona», tal como aparece en el uso de la lengua. Todo el mundo distingue, sin la menor posibilidad de confusión, entre «qué» y «quién», «algo» y «alguien», «nada» y «nadie». Si se oye un gran ruido extraño, me alarmaré y preguntaré: «qué pasa?» o ¿qué es eso?». Pero si oigo unos nudillos que llaman a la puerta, nunca preguntarés «¿qué es», sino «¿quién es?».
Se preguntará qué tiene esto que ver con el aborto. Lo que aquí me interesa es ver en qué consiste, cuál es su realidad. El nacimiento de un niño es una radical «innovación de la realidad»: la aparición de una realidad «nueva». Se dirá que se deriva o viene de sus padres. Sí, de sus padres, de sus abuelos y de todos sus antepasados; y también del oxígeno, el nitrógeno, el hidrógeno, el carbono, el calcio, el fósforo y todos los demás elementos que intervienen en la composición de su organismo. El cuerpo, lo psíquico, hasta el carácter, viene de ahí y no es rigurosamente nuevo.
Diremos que «lo que» el hijo es se deriva de todo eso que he enumerado, es «reductible» a ello. Es una «cosa», ciertamente animada y no inerte, en muchos sentidos «única», pero al fin una cosa. Su destrucción es irreparable, como cuando se rompe una pieza que es ejemplar único. Pero todavía no es esto lo importante.
«Lo que» es el hijo puede reducirse a sus padres y al mundo; pero «el hijo» no es «lo que» es. Es «alguien». No un «qué», sino un «quién», a quien se dice «tú», que dirá en su momento «yo». Y es «irreductible a todo y a todos», desde los elementos químicos hasta sus padres, y a Dios mismo, si pensamos en él. Al decir «yo» se enfrenta con todo el universo. Es un «tercero» absolutamente nuevo, que se añade al padre y a la madre.
Cuando se dice que el feto es «parte» del cuerpo de la madre se dice una insigne falsedad porque no es parte: está «alojado» en ella, implantado en ella (en ella y no meramente en su cuerpo). Una mujer dirá: «estoy embarazada», nunca «mi cuerpo está embarazado». Es un asunto personal por parte de la madre. Una mujer dice: «voy a a tener un niño»; no dice «tengo un tumor».
El niño no nacido aún es una realidad «viniente», que llegará si no lo paramos, si no lo matamos en el camino. Y si se dice que el feto no es un quién porque no tiene una vida personal, habría que decir lo mismo del niño ya nacido durante muchos meses (y del hombre durante el sueño profundo, la anestesia, la arteroesclerosis avanzada, la extrema senilidad, el coma).
A veces se usa una expresión de refinada hipocresía para denominar el aborto provocado: se dice que es la «interrupción del embarazo». Los partidarios de la pena de muerte tienen resueltas sus dificultades. La horca o el garrote pueden llamarse «interrupción de la respiración», y con un par de minutos basta. Cuando se provoca el aborto o se ahorca, se mata a alguien. Y es una hipocresía más considerar que hay diferencia según en qué lugar del camino se encuentre el niño que viene, a qué distancia de semanas o meses del nacimiento va a ser sorprendido por la muerte.
Con frecuencia se afirma la licitud del aborto cuando se juzga que probablemente el que va a nacer (el que iba a nacer) sería anormal física y psíquicamente. Pero esto implica que el que es anormal «no debe vivir», ya que esa condición no es probable, sino segura. Y habría que extender la misma norma al que llega a ser anormal por accidente, enfermedad o vejez. Y si se tiene esa convicción, hay que mantenerla con todas sus consecuencias; otra cosa es actuar como Hamlet en el drama de Shakespeare, que hiere a Polonio con su espada cuando está oculto detrás de la cortina. Hay quienes no se atreven a herir al niño más que cuando está oculto -se pensaría que protegido- en el seno materno.
Y es curioso cómo se prescinde enteramente del padre. Se atribuye la decisión exclusiva a la madre (más adecuado sería hablar de la «hembra embarazada»), sin que el padre tenga nada que decir sobre si se debe matar o no a su hijo. Esto, por supuesto, no se dice, se pasa por alto. Se habla de la «mujer objeto» y ahora se piensa en el «niño tumor», que se puede extirpar como un crecimiento enojoso. Se trata de destruir el carácter personal de lo humano. Por ello se habla del derecho a disponer del propio cuerpo. Pero, aparte de que el niño no es parte del cuerpo de su madre, sino «alguien corporal implantado en la realidad corporal de su madre», ese supuesto derecho no existe. A nadie se le permite la mutilación; los demás, y a última hora el poder público, lo impiden. Y si me quiero tirar desde una ventana, acuden la policía y los bomberos y por la fuerza me lo impiden.
El núcleo de la cuestión es la negación del carácter personal del hombre. Por eso se olvida la paternidad y se reduce la maternidad a soportar un crecimiento intruso, que se puede eliminar. Se descarta todo uso del «quién», de los pronombres tú y yo. Tan pronto como aparecen, toda la construcción elevada para justificar el aborto se desploma como una monstruosidad.¿No se tratará de esto precisamente? ¿No estará en curso un proceso de «despersonalización», es decir, de «deshominización» del hombre y de la mujer, las dos formas irreductibles, mutuamente necesarias, en que se realiza la vida humana? Si las relaciones de maternidad y paternidad quedan abolidas, si la relación entre los padres queda reducida a una mera función biológica sin perduración más allá del acto de generación, sin ninguna significación personal entre las tres personas implicadas, ¿qué queda de humano en todo ello? Y si esto se impone y generaliza, si a finales del siglo XX la Humanidad vive de acuerdo con esos principios, ¿no habrá comprometido, quién sabe hasta cuándo, esa misma condición humana? Por esto me parece que la aceptación social del aborto es, sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final.
MIGUEL DELIBES SOBRE EL ABORTO.
POR MIGUEL DELIBES
En estos días en que tan frecuentes son las manifestaciones en favor del aborto libre, me ha llamado la atención un grito que, como una exigencia natural, coreaban las manifestantes: «Nosotras parimos, nosotras decidimos». En principio, la reclamación parece incontestable y así lo sería si lo parido fuese algo inanimado, algo que el día de mañana no pudiese, a su vez, objetar dicha exigencia, esto es, parte interesada, hoy muda, de tan importante decisión. La defensa de la vida suele basarse en todas partes en razones éticas, generalmente de moral religiosa, y lo que se discute en principio es si el feto es o no es un ser portador de derechos y deberes desde el instante de la concepción. Yo creo que esto puede llevarnos a argumentaciones bizantinas a favor y en contra, pero una cosa está clara: el óvulo fecundado es algo vivo, un proyecto de ser, con un código genético propio que con toda probabilidad llegará a serlo del todo si los que ya disponemos de razón no truncamos artificialmente el proceso de viabilidad. De aquí se deduce que el aborto no es matar (parece muy fuerte eso de calificar al abortista de asesino), sino interrumpir vida; no es lo mismo suprimir a una persona hecha y derecha que impedir que un embrión consume su desarrollo por las razones que sea. Lo importante, en este dilema, es que el feto aún carece de voz, pero, como proyecto de persona que es, parece natural que alguien tome su defensa, puesto que es la parte débil del litigio.
La socióloga americana Priscilla Conn, en un interesante ensayo, considera el aborto como un conflicto entre dos valores: santidad y libertad, pero tal vez no sea éste el punto de partida adecuado para plantear el problema. El término santidad parece incluir un componente religioso en la cuestión, pero desde el momento en que no se legisla únicamente para creyentes, convendría buscar otros argumentos ajenos a la noción de pecado. En lo concerniente a la libertad habrá que preguntarse en qué momento hay que reconocer al feto tal derecho y resolver entonces en nombre de qué libertad se le puede negar a un embrión la libertad de nacer. Las partidarias del aborto sin limitaciones piden en todo el mundo libertad para su cuerpo. Eso está muy bien y es de razón siempre que en su uso no haya perjuicio de tercero. Esa misma libertad es la que podría exigir el embrión si dispusiera de voz, aunque en un plano más modesto: la libertad de tener un cuerpo para poder disponer mañana de él con la misma libertad que hoy reclaman sus presuntas y reacias madres. Seguramente el derecho a tener un cuerpo debería ser el que encabezara el más elemental código de derechos humanos, en el que también se incluiría el derecho a disponer de él, pero, naturalmente, subordinándole al otro.Y el caso es que el abortismo ha venido a incluirse entre los postulados de la moderna «progresía». En nuestro tiempo es casi inconcebible un progresista antiabortista. Para estos, todo aquel que se opone al aborto libre es un retrógrado, posición que, como suele decirse, deja a mucha gente, socialmente avanzada, con el culo al aire. Antaño, el progresismo respondía a un esquema muy simple: apoyar al débil, pacifismo y no violencia. Años después, el progresista añadió a este credo la defensa de la Naturaleza. Para el progresista, el débil era el obrero frente al patrono, el niño frente al adulto, el negro frente al blanco. Había que tomar partido por ellos. Para el progresista eran recusables la guerra, la energía nuclear, la pena de muerte, cualquier forma de violencia. En consecuencia, había que oponerse a la carrera de armamentos, a la bomba atómica y al patíbulo. El ideario progresista estaba claro y resultaba bastante sugestivo seguirlo. La vida era lo primero, lo que procedía era procurar mejorar su calidad para los desheredados e indefensos. Había, pues, tarea por delante. Pero surgió el problema del aborto, del aborto en cadena, libre, y con él la polémica sobre si el feto era o no persona, y, ante él, el progresismo vaciló. El embrión era vida, sí, pero no persona, mientras que la presunta madre lo era ya y con capacidad de decisión. No se pensó que la vida del feto estaba más desprotegida que la del obrero o la del negro, quizá porque el embrión carecía de voz y voto, y políticamente era irrelevante. Entonces se empezó a ceder en unos principios que parecían inmutables: la protección del débil y la no violencia. Contra el embrión, una vida desamparada e inerme, podía atentarse impunemente. Nada importaba su debilidad si su eliminación se efectuaba mediante una violencia indolora, científica y esterilizada. Los demás fetos callarían, no podían hacer manifestaciones callejeras, no podían protestar, eran aún más débiles que los más débiles cuyos derechos protegía el progresismo; nadie podía recurrir. Y ante un fenómeno semejante, algunos progresistas se dijeron: esto va contra mi ideología. Si el progresismo no es defender la vida, la más pequeña y menesterosa, contra la agresión social, y precisamente en la era de los anticonceptivos, ¿qué pinto yo aquí? Porque para estos progresistas que aún defienden a los indefensos y rechazan cualquier forma de violencia, esto es, siguen acatando los viejos principios, la náusea se produce igualmente ante una explosión atómica, una cámara de gas o un quirófano esterilizado.
Vuelto a publicar en ABC el 20-12-07