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jueves, 6 de diciembre de 2007

DISONANCIA COGNITIVA de L. Festinger

El tipo de procesos que hemos estado analizando aquí ha sido incluido dentro de una teoría de la cognición humana por Leon Festinger bajo el nombre de teoría de la disonancia cognitiva. Dentro de las teorías es algo notablemente simple, pero -como veremos- el campo de su aplicación es enorme. Analizaremos, en primer lugar los aspectos formales de la teoría y luego pasaremos a sus ramificaciones. Básicamente, la disonancia cognitiva es un estado de tensión que se produce cuando un individuo mantiene simultáneamente dos cogniciones o certezas (ideas, actitudes creencias, opiniones) psicológicamente incompatibles. Dicho de otro modo, dos cogniciones son disonantes si, considerándolas aisladamente, la opuesta a una sigue a la otra.
Puesto que la producción de una disonancia cognitiva es desagradable, las gentes se ven impulsadas a reducirla; esto es, a grandes rasgos, análogo a los procesos implicados en la inducción y reducción de impulsos como el hambre o la sed, excepto que aquí la fuerza impulsora procede de la incomodidad cognitiva más que de necesidades fisiológicas. Mantener dos ideas que se contradicen es jugar con el absurdo, y según observó Albert Camus, -el filósofo existencialista- el hombre es una criatura que se afana toda la vida intentando convencerse de que su existencia no es absurda. ¿Cómo nos convencemos de que nuestras vidas no son absurdas? Es decir, ¿cómo reducirnos la disonancia cognitiva? Cambiando una o ambas de las cogniciones o certezas para hacerlas más compatibles (más consonantes) entre sí, o añadiendo nuevas condiciones que ayuden a tender un puente entre las originales. Citaré un ejemplo que es casi demasiado familiar para muchas personas. Supongamos que una persona que fuma habitualmente lee un informe de datos médicos relacionando el uso de cigarrillos con el cáncer de pulmón y otras enfermedades respiratorias. El fumador experimenta entonces una disonancia. Su certeza “fumo cigarrillos” es disonante con su certeza “fumar cigarrillos produce cáncer". Sin duda, el modo más eficaz de reducir la disonancia en una situación semejante es abandonar el tabaco. La certeza «fumar cigarrillos produce cáncer» es consonante con la certeza «yo no fumo». Pero para la mayor parte de las personas no es cosa fácil abandonar el tabaco. Imaginemos a Sally, una chica joven que intentó dejar de fumar pero fracasó. ¿Qué hará para reducir la disonancia? Con toda probabilidad intentar modificar la otra certeza: «fumar cigarrillos produce cáncer». Sally puede atenuar los datos que vinculan el tabaco con el cáncer. Por ejemplo, puede intentar convencerse de que las pruebas empírica no son concluyentes. Además, puede que busque personas inteligentes que fuman y, al hallarlas, convencerse de que si Debbie, Nicol y Larry fuman, no puede ser tan peligroso. O quizá se cambie a un marca con filtro y se engañe creyendo que el filtro elimina los materiales productores del cáncer. Por último, puede añadir convicciones que son consonantes con el tabaco en un intento de hacer que su conducta sea menos absurda a pesar de su peligrosidad. De ese modo puede incrementar el valor de fumar; es decir, puede llegar creer que fumar es una actividad importante y muy agradable, esencial para su serenidad: “Mi vida puede ser más corta, pero será más grata.” De modo similar, puede efectivamente hacer una virtud, de hecho de fumar tabaco desarrollando una imagen romántica y arriesgada de sí mismo, jugando con el peligro al fumar un cigarrillo Toda esta conducta reduce la disonancia al reducir lo absurdo de caminar voluntariamente en dirección al cáncer. Sally justifica su conducta minimizando cognitivamente el peligro o exagerando la importancia de la acción. En efecto, Sally ha conseguido construirse una actitud o cambiar una actitud existente.
Poco tiempo después de la gran publicidad que rodeó en 1964 al informe inicial del ministerio de sanidad, se realizó un estudio para analizar las reacciones de las personas ante la nueva evidencia de que fumar facilitaba la aparición del cáncer. Los no fumadores sobrestimaban el informe, sólo un diez por ciento de ellos afirmaban que no se había probado la relación entre el fumar y el cáncer; este tipo de encuestados no tenían motivos para desconfiar del informe. Los fumadores se enfrentaban a un dilema mayor. El fumar es un habito difícil de dejar; sólo un nueve por ciento de los fumadores han sido capaces de abandonarlo. Para justificar su permanencia en el hábito, los fumadores tendían a desacreditar el informe. Resultaban ser más proclives a negar la evidencia: un 40 por ciento de los grandes fumadores contestaban que no se había demostrado aquella relación. También tendían más a emplear racionalizaciones: El doble de fumadores con respecto a los no fumadores coincidían en decir que había muchos avatares en la vida y que había cancerosos tanto entre los fumadores como entre los no fumadores.
Los fumadores que sean claramente conscientes de los peligros para la salud asociados con fumar pueden además reducir su disonancia de otra forma: minimizando el grado de su hábito. En un estudio reciente se encontró que de entre 155 fumadores, que fumaban entre una y dos cajetillas por día, un 60 por ciento se consideraban fumadores moderados; el otro 40 por ciento consideraban que fumaban en exceso. ¿Cómo podemos explicar estas diferencias en la autopercepción? No hay que extrañarse: quienes se decían “moderados” eran más conscientes de los efectos patológicos a largo plazo derivados del fumar que quienes se consideraban intensos fumadores. Es decir, ese grupo particular de fumadores en apariencia reducía su disonancia convenciéndose de que en realidad no es fumar mucho consumir uno o dos paquetes diarios. «Moderado» y «excesivo» son, después de todo, términos subjetivos.
Imaginemos a una adolescente que no ha empezado todavía a fumar. Tras leer el informe del ministro de Sanidad, ¿lo creerá? Desde luego. Las pruebas son objetivamente razonables, la fuente es experta y fidedigna; no hay razón para dejar de creerlo. Y éste es el quid del asunto: antes indiqué que las personas quieren estar en lo cierto, y que los valores y creencias se interiorizan cuando parecen ser correctos. Este deseo de estar en lo cierto es lo que lleva a las personas a poner mucha atención en todo cuanto hacen los otros y a seguir los consejos de comunicantes expertos y fidedignos. Conducta que es extremadamente racional. Sin embargo, hay fuerzas que pueden actuar contra esta conducta racional. La teoría de la disonancia cognitiva no presenta a las personas como seres racionales, sino como racionalizadores. De acuerdo con las hipótesis subyacentes a la teoría, la motivación de los hombres no es tanto estar en lo cierto como creer que estamos en lo cierto (y que somos inteligentes, decentes y buenos). A veces, el impulso de una persona a estar en lo cierto y su impulso a creer que está en lo cierto funcionan en la misma dirección. Esto es lo que sucede con la jovencita que no fuma y que por lo tanto, no tiene dificultades en aceptar la conexión entre el tabaco y el cáncer de pulmón. Cosa que sería también cierta para un fumador que al conocer las pruebas del vínculo entre el cáncer de pulmón y el tabaco consigue dejar de fumar. Sin embargo, la necesidad de reducir la disonancia (la necesidad de convencerse a uno mismo de que está en lo cierto) lleva a veces a una conducta inadaptada y, por consiguiente, irracional. Por ejemplo, algunos psicólogos dedicados a ayudar a las personas para que abandonen el tabaco han señalado con frecuencia que quienes intentan dejarlo y fracasan llegan a desarrollar con el tiempo una actitud más débil hacía los peligros del tabaco que quienes no han hecho todavía un esfuerzo serio por abandonarlo. ¿Por qué ocurrirá ese cambio de disposición?; si una persona se compromete seriamente con una línea de acción, corno es la de abandonar el tabaco, y luego falla en mantener su compromiso, pone en peligro su propia valoración como individuo fuerte y con autodominio. Evidentemente, esa situación genera disonancia. Una forma de reducir tal disonancia y recuperar un saludable concepto de sí -ya que no unos pulmones saludables- es la de menospreciar el compromiso mediante la percepción del hecho de fumar como algo poco peligroso. Un estudio del proceso seguido por 135 estudiantes, que tomaron la resolución de dejar de fumar, apoya nuestra observación. (...)

Existen en este texto algunas notas al pie que han sido eliminadas.

Fragmento del capítulo "Autojustificación" del libro "El animal social" de Aronson.

sábado, 1 de diciembre de 2007

Hablar contra uno mismo

En el experimento presentamos a nuestros sujetos un recorte de periódico con una entrevista a Joe «The Shoulder» Napolitano, que fue identificado justamente como lo he hecho aquí (como un mafioso criminal). En una de las situaciones experimentales, Joe pedía tribunales más severos y sentencias más duras; en otra, que los tribunales fueran más benignos y las sentencias menos severas. También preparamos un grupo paralelo de situaciones donde se atribuían las mismas declaraciones a un respetado funcionario público. Cuando Joe pedía tribunales más benignos, fue totalmente ineficaz; de hecho, hizo que las opiniones de los sujetos cambiaran levemente en dirección opuesta. Pero cuando solicitaba tribunales más estrictos y poderosos, su eficacia era grande, tanto como la del respetado funcionario público cuando expuso su argumentación. Este estudio demuestra que Aristóteles no estaba completamente en lo cierto; un comunicante puede no ser atractivo, puede ser una persona inmoral y, sin embargo, seguir siendo eficaz, mientras esté claro que nada puede ganar (y quizá pueda perder algo) persuadiendo al público. ¿Por qué resultó tan efectivo en nuestro experimento Joe “The Shoulder”? Veámoslo con atención. La mayoría de las personas no se extrañarán al escuchar a un condenado reconocido argumentar a favor de un sistema más blando de justicia criminal. El conocimiento que tiene la gente del escenario de la criminalidad y su propio interés les hace esperar un mensaje de tal estilo. Si, por contra, reciben un tipo de comunicación divergente entonces sus expectativas no se confirman. Para resolver esa contradicción, la audiencia puede concluir que el condenado se ha reformado, o bien puede sospechar que el criminal está sometido a algún tipo de presión para hacer declaraciones contrarias a la delincuencia. En ausencia de evidencia para apoyar tales suposiciones, se hacen más razonables otras explicaciones: puede ocurrir que la verdad del asunto sea tan evidente que, aunque en apariencia contradiga su ambiente y su autointerés, quien habla crea sinceramente en la posición que defiende, Reconsideremos el incidente de los «no-violentos» de Austin, y recordemos la controversia que rodea al endurecimiento de las normas contra las manifestaciones. Cuando la policía, a quien se supone que le disgustan las protestas y de quien se espera que se oponga a la manifestación, testificó a favor de permitir la concentración, su opinión resultó muy influyente.
Fragmento del capítulo "Comunicación de masas, propaganda y persuasión" del libro de ARONSON: "El animal social".

sábado, 6 de octubre de 2007

"CAMBIO" DE WATZLAWICK

El sentido común indica que el mejor modo de enfrentarse con problemas surgidos de la imposición de metas exageradas es señalar sus aspectos impracticables y absurdos, con la esperanza de que el sujeto se dé cuenta de los mismos. Como es casi siempre la regla en los problemas humanos, las soluciones dictadas por el sentido común son las más contraproducentes y en ocasiones, incluso, las más destructivas. Tratar de inyectar «realidad» en utopías establece y mantiene un callejón sin salida mediante la introducción del miembro recíproco (es decir: sentido común contra utopismo). El resultado es una invariación del grupo, ya que, parafraseando a Lao Tse, podemos ver tan sólo al sentido común como tal porque existen utopías.
Esta interdependencia del sentido común y las utopías se hace especialmente evidente cuando nos enfrentamos con ideas de proporciones psicóticas. El paranoico lleno de sospechas patológicas no se tranquiliza lo más mínimo con las tentativas de convencerle de que no tiene nada que temer: «si no tuviesen intención de lastimarme, no intentarían tanto tranquilizarme», es su reacción típica, y aquí también más de lo uno da lugar a más de lo otro.
De modo semejante, una persona que se plantea en la vida metas demasiado sublimes no tendrá en cuenta ninguna tentativa de convencerla para que adopte proyectos más realistas. Para ella, tales consejos no son sino una invitación a resignarse a un modo de vida miserable y deprimente; por tanto, el lenguaje del sentido común resulta el menos adecuado para obtener éxito en estos casos. Lo único que tal persona comprende, pero demasiado bien, es el lenguaje de la utopía. Desde luego la idea de fomentar, en vez de combatir, aquello que precisa ser cambiado, resulta chocante para el sentido común. Pero ya hemos visto que el modo de abordar a un pesimista consiste en enfrentarle con un pesimismo más acentuado aún y, de modo asaz análogo, el que alberga utopías renunciará por lo general más pronto a las mismas si éstas son llevadas más allá de sus propios límites.

Los siguientes resúmenes de una entrevista con un estudiante de 29 años muestran esta forma de intervención. (No creemos preciso señalar que lo que sigue no es un informe completo de un caso, ni la intervención una «cura» de la esquizofrenia.)
El paciente informó que acababa de ser dado de alta de un hospital provincial. Había sido ingresado en él tres semanas antes a causa de un estado psicótico agudo-.

«Yo tenía tantas alucinaciones ... se me escapaban de las manos. El coche se convertía en una nave espacial y el escenario se transformaba como en algo de hace un centenar de años y todo parecía la continuación de ... todo parecía la reconstrucción artificial del mundo.»

Tras habérsele preguntado lo que se proponía hacer entonces, nos presentó un plan más bien grandioso. No sólo deseaba ir a Los Ángeles para aprender a tocar el sitar bajo la dirección de Ravi Shankar, sino que esperaba que esta música fuese el medio con el que "uiría sobre el mundo occidental. Al mismo tiempo deseaba también estudiar agricultura, a fin de utilizar métodos agrícolas chinos para alimentar a las masas hambrientas del mundo. Cuando el psicoterapeuta se mostró en principio de acuerdo con estos objetivos, pero no los encontró lo bastante grandiosos, el paciente comenzó a hablar de un plan mucho menos ambicioso: ingresar en un sanatorio de readaptación, pues durante los dos últimos años había estado muy introvertido y precisaba de ciertofeeal- back social para salir de la profunda sima de su mundo interior. El psicoterapeuta encontró que esta idea era más bien mezquina. Dijo al paciente:
«Si podemos hacer algo aquí, en diez sesiones, debemos intentar al menos poner en claro qué valdría la pena llevar a cabo, tanto des- de el punto de vista de ser útil al mundo, como para mostrar que usted ha realizado algo valioso. Se trata, en suma, de hacerse una idea sobre qué dirección hay que tomar.»
En su respuesta, el paciente continuó manteniendo sus puntos de vista grandiosos, pero comenzó a hablar de manera más realista acerca de lo que podía hacer ahora:
«La única dirección que puedo ver, sabe usted, hay esas grandes masas enormes de humanidad, no puedo apartar de mi mente la oriental ... las dos tradiciones orientales de Mao y.. y la que en último análisis veo en el hombre, y la última cosa hindú ahora es la música de Ravi Shankar, debido a que es la manifestación más etérea aparte de la meditación auténtica. Y luego, cuando Mao Tse Tung se está ocupando de la agricultura y de la reforma agraria y los dos... en mi mente los veo a los dos como grandes bloques y lo del sanatorio de readaptación es la única cosa en la que puedo pensar. No puedo ver más que estas dos salidas ahora: músico en Los Ángeles o pensionista en un sanatorio en algún sitio de Santa Cruz.»
A los pocos minutos volvió a repetirse el mismo patrón de interacción, pero esta vez el paciente terminó por describir sus dificultades en un lenguaje más corriente.

PSICOTERAPEUTA:
«Eso es todo lo lejos que puede ir usted con su pensamiento. Hasta ahora, sus ideas acerca del sanatorio de readaptación o de la escuela de música son más bien concretas y prácticas. Todo eso está muy bien, pero concentrándose tanto en lo práctico impide a su imaginación elevarse a un nivel más alto y pensar en términos más amplios y comprensibles.»
PACIENTE:
«Cada vez que me elevo a un nivel más alto, es más abstracto. Lleva tiempo y yo no lo tengo (se me ha acabado ¿sabe usted?) esos grandes problemas prácticos me agobian ¿sabe usted? No tengo dinero y tengo que encontrar algo inmediatamente; ese es el problema.» Usando dicha técnica de un modo consecuente, el psicoterapeuta fue capaz de ir llevando el diálogo paulatinamente hacia niveles más prácticos.

p. 188-191 de "CAMBIO" de Watzlawick